El papel siempre ha sido mi amigo desde que tengo memoria.

Tengo vívidos recuerdos de cuando tenía como 10 años, cuando mi tío Mingos o papá Miguelito (tío y abuelo paternos) acostumbraban premiar mis esfuerzos de convertirme en artista con emocionantes sorpresas. Obtenía un premio casi siempre que venía a visitarlos con un dibujo en mis manos, recién hecho por mí para alguno de ellos. Aquél premio consistía invariablemente en materiales o herramientas de arte: cajas metálicas con pequeños cubos de acuarelas dentro, lápices de carbón, pinceles, libros de arte y lápices de colores, maravillosas herramientas que no dejaban de asombrarme y proveían a mi imaginación alas para volar.

Pero de entre todas las cosas que recibía, los diferentes tipos de papel eran uno de mis regalos favoritos. Estaba encantado con la textura, brillante color y consistencia del papel de acuarela de diferentes pesos, la versatilidad y resistencia del papel de dibujo, los bellos e intrincados diseños del papel mármol. Desde entonces, he estado usando papel cada día de mi vida.
Cuando estaba en mis veintes, me convertí en diseñador gráfico y en un gran consumidor de todo papel imaginable.

Por los últimos 15 años, mi relación con el papel ha cambiado. En uno de los más pintorescos e interesantes episodios de la historia mexicana, alrededor del año 92, al final del sexenio Salinista, cuando el expresidente Salinas logró con su poco efectiva administración graciosamente quebrar México y a toda su población, para entonces volar despreocupadamente a Irlanda con sus bolsitas repletas, muchos negocios en mi país se fueron hacia abajo. Mi pequeña firma de diseño gráfico resistió por algún tiempo, pero al cabo siguió el camino de muchos otros.